miércoles, 9 de abril de 2014

El lenguaje en la religión

Leyendo las notas de Waismann sobre las conversaciones que él, Schlick y Wittgenstein sostuvieron entre 1928 y 1934 (Wittgenstein und der Wiener Kreis)  se encuentra uno cosas interesantes. Cito y comento en este post una de las que más me gustaron:

La religión

¿Es esencial el habla para la religión? Me puedo imaginar bien una religión en que no existan dogmas y en la que, por tanto, no se hable. El ser de la religión puede no tener nada que ver con que se hable; o mejor: si se habla es que se trata de un componente de la acción religiosa y no de teorías, independientemente de si las palabras son verdaderas, falsas o carentes de sentido.

 Las hablas de la religión no son símiles, pues si lo fueran se podrían decir en prosa. ¿Es correr contra las barreras del lenguaje? El lenguaje no es una jaula.

Sólo puedo decir que no me burlo de esa tendencia de los hombres; antes bien que me quito el sombrero. Aquí es esencial que no se trate de una descripción de la sociología, sino que hable de mí propio.

Los hechos no tienen importancia para mí, pero me interesa saber qué entienden los hombres al decir que "el mundo está ahí".

Waissman pregunta a Wittgenstein: ¿Está en conexión el estar-ahí del mundo con lo ético?

Wittgenstein: Que existe conexión lo han percibido los hombres y lo han expresado de esta manera: Dios Padre hizo el mundo, Dios Hijo (o la Palabra, lo que sale de Dios) es lo ético. Que se divida la divinidad para luego volverla a unir significa que existe aquí una conexión.

WWK IV - Miércoles, 17 de diciembre (Neuwaldegg)


Me parece que podemos distinguir cuando menos tres tesis acerca de la religión en esta conversación.

Primero, que hablar -en el sentido de articular oraciones informativas acerca de algún aspecto del mundo- no es parte esencial de la religión; es prescindible. Cuando se llega a utilizar el lenguaje no es con un afán informativo, descriptivo ni explicativo, sino que es como cuando cantamos las "mañanitas" alrededor de un pastel en un cumpleaños - sería absurdo preguntarse si aquellas son realmente las mañanitas que cantaba el Rey David y pensar que de no ser así nuestro canto resulta "falso". Es un asunto ritual, no uno informativo.

Segundo, que tampoco puede aclararse lo que el discurso religioso (una parábola, por ejemplo) "realmente quiere decir". Un símil se entiende como una comparación esclarecedora que puede abandonarse en cualquier momento por aquello de lo que es símil. Por ejemplo, puedo hacer un símil entre el mundo de las apariencias y el mundo "real" hablando de una caverna donde viven unos hombres que ven sombras que se proyectan en las paredes, tomando las sombras por lo real ignorando que los objetos que proyectan las sombras están pasando tras ellos. Pero también puedo hablar de objetos reales y objetos de la experiencia, datos de los sentidos, y hacer a un lado el símil. Si no puedo hacerlo es que no había ahí un símil. Pero en el lenguaje religioso queda claro que el discurso no es literal, así que si tampoco son símiles, entonces el lenguaje está funcionando ahí de una manera distinta a los lenguajes científico y alegórico.

Tercero, que para Wittgenstein no era en absoluto absurdo profesar una religión ni hablar al respecto. Quizás lo absurdo serían ciertas pretensiones y exigencias de algunas personas. Yo no sé, por ejemplo, por qué es tan importante para el cristianismo poseer algunas verdades acerca del mundo cuando lo interesante del cristianismo no tiene que ver con su capacidad informativa, la cual claramente se ve rebasada por la ciencia (con lo cual, dicho sea de paso, la religión no pierde nada, como no pierde nada un cuento por hablar de hechos que nunca ocurrieron). Parece que este reclamo es un asunto práctico y no genuinamente teológico, como si temiesen perder adeptos al tener que renunciar a tener verdades (como si no hubieran perdido ya bastantes). Aquí parecería haber una valoración errada de la verdad o un uso anómalo del concepto. Russell estaría del otro lado, exigiendo a las religiones lo que algunos religiosos (por necios) han asegurado: que tienen verdades acerca del mundo (en el sentido Wittgensteiniano, saben de ciertas proposiciones que figuran ciertos estados de cosas si son verdaderas o falsas).


Siempre he tenido la impresión de que el debate entre ciencia y religión es un debate entre personas y egos, no entre teorías rivales. No hay una oposición real: algunos reclaman que la religión debería explicar los fenómenos del mundo y otros reclaman que la ciencia debería ser la única guía para actuar racionalmente. En ningún caso se cumplen las expectativas: ni la religión tiene las herramientas que sí tiene la ciencia para dar cuenta de los hechos del mundo, ni la ciencia tiene cómo dar respuesta a las preguntas que salen del mundo de los hechos (el mundo de lo que es) y entran en el ámbito de lo moral (el mundo de lo que debe ser). Las vacas no vuelan y a nadie se le ocurriría decir que en ese sentido las vacas son un fracaso, el único fracaso sería pensar de esa manera.

Esta manera Wittgensteiniana de concebir la religión yo la veo como una manera de permitir que ciencia y religión convivan conceptualmente en paz, tanto entre distintos individuos como en una misma cabeza.

martes, 8 de abril de 2014

Pequeño diálogo sobre el estudio de la filosofía

Así que me encontré un comentario que plantea una cuestión interesante a un artículo (aún más interesante) en Internet y decidí contestar algo. Reproduzco el pequeño diálogo y dejo el link del artículo.  http://www.prospectmagazine.co.uk/magazine/bryan-magee-profundity-obscurity-bad-writing/#.Up1h8tLuIrU

Mr. Math: My academic background is in maths and science, rather than philosophy, so I’ll admit that I’m speaking about an area I don’t know much about, but I don’t see why the fact that a philosopher is a bad writer should cause many problems with the understanding/popularisation of their work.
When science students are learning their subject they almost never read things written by the actual scientists who made the discoveries they are learning about: they read textbooks that in theory are written in a way that makes the topic easier to learn. Similarly, when non-scientist members of the public want to learn about an area of science that interests them, they don’t read papers published in the journals, they read books and articles written by people who are especially skilled at explaining science to the masses. There’s a good reason for this: there’s no reason to assume that someone who is a good scientist will also be a good writer.
Assuming that what matters in philosophy is the ideas that philosophers come up with, why does the same not apply?

Mr. Phil: I like your comment.

I think the problem with the understanding and popularisation of difficult philosophical work is the motivation one may have to take the time and effort to understand it.

Philosophy, historically speaking,  seems to be a really long debate about really difficult questions that has taken place for a really long time in human history; with really no definitive answers. We usually obtain more questions than answers from philosophy. Normally, when someone is curious about some philosophical question he might just think about it for a while, talk about it with some friends and maybe read some book on the subject (an easy one) and that will be the end of it. Only those with some kind of philosophical vocation will take a step further and attempt to read some major philosopher or to achieve a degree on philosophy in order to understand more profoundly.

In science there is also this kind of vocation for understanding deeply, but there is in addition a practical use of scientific knowledge which philosophy lacks and, more importantly, science enjoys a better reputation than philosophy in achieving truths and giving us information about the world. A non-philosopher will normally not see the point of studying 4 years long just in order to be able to understand difficult questions and plausible answers with no further objetive than the pleasure that such an activity may provide.

I think the idea that one is REALLY knowing something NEW and TRUE about the world makes the effort worth it in the minds of people reading about science. In their minds, since philosophy won't give them such things as right and true answers, then it better be at least enjoyable while it's being read; if it's not, why bother?

In my opinion, such naive opinions dissappear the moment one experiencies in own flesh the power of philosophical questions, remarks and puzzles. Not every intellectual activity needs to give inmediatly radically new explanations about the world in order to be intellectually valuable. Philosophy and mathematics seem to me good examples of such activities.


Sorry, english is not my mother language, so please try to ignore my grammatical and ortographic mistakes (I hope they're not too bad).


Estoy pensando en traducirlo.

lunes, 7 de abril de 2014

La dificultad del Tractatus

Para empezar quiero marcar una distinción entre dos términos: difícil y complicado.

Complicado, metafóricamente hablando, significa enredado o enmarañado. La trama del cuento El hombre, de Juan Rulfo, es complicada, porque hay cuatro distintos narradores y hay muchos elementos que entran en juego para reconstruir una crónica de los hechos narrados. Seguir una prueba matemática de 50 páginas que consta de 344 pasos. Describir detalladamente el funcionamiento de un Boeing 747 también es complicado por la enorme cantidad de elementos y relaciones que deben explicitarse. Manejar un avión también es complicado y los aprendices de aviación tienen grandes dificultades al principio, pero con el tiempo se vuelve fácil.

Difícil, en cambio, es algo que requiere mucho trabajo. Algo complicado como manejar un avión normalmente implica trabajo y es, por lo tanto, difícil. Pero no todo lo que es difícil es complicado. Cargar una barra de 80 kg es difícil para un ser humano, pero no es complicado en el sentido de que no hay una maraña de pasos a seguir para lograrlo. Hablar en público es difícil para muchas personas; les cuesta mucho trabajo.

Decimos de algo que es complicado o sencillo, pero dicha complejidad o sencillez no está evaluada en términos del esfuerzo de un sujeto, sino de propiedades supuestamente objetivas de lo que estamos calificando como sencillo o complicado. Es un hecho que, en comparación con el número de elementos necesarios para explicar el funcionamiento de un péndulo, hay un gran número de elementos que considerar al explicar el funcionamiento de un Boeing 747.

Sobre lo difícil o lo fácil, en cambio, no se ha de entender que sean propiedades de los objetos que estamos calificando, sino más bien de los sujetos que interactúan con ellos. Levantar 80 kg. es difícil para un ser humano, pero seguramente es fácil para un elefante. Como lo difícil o lo fácil se dice en términos del trabajo o esfuerzo que implica una tarea, aunque gramaticalmente sea una propiedad adjudicada a pesos o eventos públicos, realmente califica una relación entre un sujeto y una acción. (Hablar en público - una persona  adulta promedio= difícil; vestirse - una persona adulta promedio = fácil; levantar un sándwich - una hormiga = difícil; volar un avión - un piloto experimentado = fácil).

No siempre nos queda claro si algo es o no es complicado, en parte porque estamos acostumbrados a confundir ambos grupos de propiedades. Es decir, damos por hecho que si algo nos cuesta trabajo se debe a que es complicado; adjudicamos una propiedad objetiva a las cosas y nos desentendemos del rol que nosotros mismos jugamos en el trabajo que nos cuesta realizar una acción. Lo que hasta aquí he escrito, por ejemplo, no tengo cómo saber si es fácil o difícil por ahora para los lectores (hasta que escuche algunos comentarios), pero no es complicado, ya que tan sólo estoy marcando una distinción ofreciendo muchos ejemplos; no hay demasiada argumentación que seguir.

Entender el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein es primordialmente difícil, antes que complicado. Lo complicado del texto es algo trivial y es tan sólo el orden expositivo, pero eso no tiene interés, cuando menos para la filosofía. La difícultad filosóficamente interesante consiste en el tipo de creencias que nos pide poner en duda, pues tienen que ver con la integridad personal de quien estudia filosofía.

La pregunta por el objetivo del filosofar es una pregunta que los filósofos suelen poner a un lado argumentando que pueden filosofar sobre otros temas sin necesidad de tener antes una respuesta a esa pregunta. Eso es cierto y sucede lo mismo con muchas otras preguntas filosóficas: las pregunta por lo que debemos hacer no nos impide hacer cosas; la pregunta por lo que podemos conocer no nos impide hacer ciencia; la pregunta por lo artístico no nos impide hacer arte. Pero que la falta de respuesta a una pregunta filosófica no sea una barrera práctica no hace de las preguntas filosóficas un asunto trivial. Evadir o posponer la respuesta no nos deja tranquilos.

Lo que un grupo de filósofos diga sobre el conocimiento científico seguramente no tendrá una influencia directa ni será tomado como bandera ideológica por los científicos.

Yo creo que lo difícil de esta cuestión está en que hay un elemento de la personalidad que cuesta trabajo dejar de lado, pero que debe superarse si uno ha de enfrentarse plenamente con la cuestión. Lo difícil es que vemos que el trabajo filosófico no se trata de encontrar verdades fundamentales que todas las personas razonables deberían tomar como ciertas. Ése parece haber sido el sueño de algunos filósofos como Platón, Hobbes y Russell. Pero parece que todo el chiste de la filosofía está en la discusión misma. Quizás no haya un sólo asunto en la filosofía que no se haya puesto en duda a cuyas posturas no se les haya dado apoyo en sólidos argumentos tanto a favor como en contra. A pesar de esto, el filosofar persiste en la historia.

Wittgenstein encuentra una manera de salvar el asunto reconociendo que la filosofía no trata de verdades, sino de discutir seriamente, sin caer en una trivialización de esta actividad humana que tanto apreciamos. En lugar de considerar que la filosofía consiste en un cuerpo de verdades especiales esperando a ser descubiertas y que todos aceptaremos por la pura razón -aunque hasta hoy no hayamos encontrado ninguna de ellas- podemos considerar a la filosofía como una actividad que consiste básicamente en hacer preguntas reveladoras, en replantear conceptos, en revisar las herramientas intelectuales que utilizamos en otras áreas del pensar donde parece que sí descubrimos verdades acerca del mundo.

La mayoría de los seres humanos típicamente requieren reconocimiento social y la mejor manera de obtenerlo es mostrar que, en la maquinaria social, el rol desempeñado por el engrane que uno representa es indispensable para el funcionamiento exitoso del mecanismo. En la metáfora, la filosofía sería un engrane que recibe influencia de otros engranes pero que, a su vez, no es indispensable para hacer girar ningún otro engrane de la sociedad. Quizás por ello sea particularmente difícil entrar en el pensamiento Wittgensteiniano, pues pide a los filósofos que no se den más importancia de la que realmente tienen.

No me parece imposible pensar que en este mundo hay cosas inútiles y muy valiosas. Muchas obras de arte, por ejemplo, son prescindibles para el funcionamiento de la sociedad, pero no dejan de ser joyas de la humanidad.

No deja de ser valioso el buen abogado aunque nunca logremos tener justicia en todos los rincones del mundo, ni deja de ser valioso el médico o el terapeuta aunque las personas se vuelvan a enfermar. Tampoco deja de ser valioso el filosofar aunque no nos dé respuestas, sino más preguntas.


Podemos continuar la metáfora mecánica y decir que la filosofía es un engrane que no sirve para nada en el sentido de que no mueve otras cosas, pero quizá sea inevitable que gire e incluso parece ser un síntoma de salud el que no hayan trabas para realizar sus preguntas. La prohibición de las preguntas filosóficas en una sociedad es típicamente una señal de enfermedad o mal funcionamiento.