¿Cuándo se argumenta?, ¿para qué necesita uno argumentar?
p, q, r, por lo tanto s.
¿Cuándo necesitamos presentar premisas y conclusión y para
qué lo necesitamos?
Cuando uno dice “aquella banca está desocupada”, si una
persona quisiera saber si lo que uno está diciendo es cierto o no, tendría que
ver si la banca está desocupada o no. Si estuviera desocupada, sería cierto, si
no lo estuviera, sería falso.
Si yo le dijera a alguien “tengo una piedra en esta mano” y
le mostrara mi mano cerrada, si tal persona quisiera saber si lo que digo es
cierto o no, no me pediría argumentos para averiguarlo, y si acaso yo me
pusiera a argumentar para concluir con corrección lógica y usando premisas
decentes (nada extravagante como decir “los leones vuelan” para poder concluir
lógicamente cualquier cosa) que “tengo una piedra en esta mano”, seguramente
esa otra persona me vería con un aire de extrañeza y me diría algo así como
“argumenta lo que quieras, pero no estoy convencido de que la tengas, mejor abre
tu mano y enséñame”.
¿Enseñar qué?, enseñar si tengo o no una piedra en mi
mano. Pensamos que podamos mostrar el valor de verdad de una proposición como
“tengo una piedra en la mano” y nos parece extraño argumentar para determinar
el valor de verdad de ello.
¿Para qué tipo de proposiciones, entonces, argumentamos?
“Para aquellas que no son evidentes”.
Pero si yo digo “tengo una piedra en la mano” y tengo la
mano cerrada, ¿es, acaso, evidente el valor de verdad de esa proposición? Aún
si no tuviera la mano cerrada, ¿no tendrías que buscar mi mano para averiguar
si es cierto lo que digo? No es evidente y sin embargo no argumentamos para
ello.
Pensemos en una situación en la que normalmente se
argumenta.
Cuando hablamos de política. “¿Cuál candidato tiene las
mejores propuestas?”
Si alguien respondiera de entrada: “Juan tiene las mejores
propuestas”, ¿qué haríamos?
No le pediríamos simplemente que nos mostrara las propuestas
de todos en un papel y que nos señalara las de Juan para después nosotros
juzgar simplemente “ah, cierto, son las mejores”, o “estabas equivocado,
claramente no son las mejores” y terminar la discusión; no haríamos esto como
si nos preguntáramos cuál es la línea más grande de entre cuatro líneas en un
papel y simplemente las viéramos (y si acaso fuera necesario las midiéramos
para compararlas con precisión) para decir “ah, cierto, aquella es la más
grande”, o “estabas equivocado, aquella no es la más grande”.
Lo que haríamos, más bien, sería leer las propuestas y
preguntarle a Juan por qué dice que son las mejores.
Y entonces empezaría a
argumentar. Ofrecería premisas como “el país necesita tal y tal, Juan ofrece
hacer tal y tal para solucionarlo, hacer tal y tal efectivamente lo
solucionaría, por lo tanto esa es una buena propuesta” y así con todas o la
mayoría de las propuestas, y además tendría que hacer lo mismo para concluir
que las propuestas de los demás son malas. ¿Por qué en un caso se señala algo y
en otro se empieza a hablar? ¿Por qué necesita hacer eso el simpatizante de
Juan?, ¿por qué su proposición no se muestra simplemente en una primera
investigación como en el caso de las líneas? En el caso de las líneas y de la
piedra todo podría hacerse incluso sin hablar.
Al ofrecer argumentos, el simpatizante de Juan ofrece
premisas, premisas que seguramente contendrán suposiciones sobre hechos del
mundo como “en el país pasa tal y tal, pero esto evita que el país funcione de
tal y tal forma, como Juan ofrece hacer tal y tal para que deje de pasar tal y
tal, el país empezaría a funcionar de tal y tal forma, por lo tanto su
propuesta es buena”. Otra manera de ponerlo sería “si queremos que el país
funcione de tal y tal forma, se puede hacer tal y tal cosa, y como Juan propone
hacer justo eso, la propuesta de Juan es adecuada para lo que queremos”. Como no
nos convencimos al ver las propuestas de los candidatos sobre la verdad o la
falsedad de la proposición del simpatizante de Juan, a saber, “Juan tiene las
mejores propuestas”, lo que hace el simpatizante de Juan es hablar sobre lo que
está entendiendo por “una buena propuesta”, a saber, “la que es adecuada para
lo que queremos”. Nos está ofreciendo un criterio de identificación para “una
buena propuesta”, un criterio menos vago tan sólo en el sentido de que tan sólo
tenemos que averiguar qué queremos, cómo se obtiene y si x propuesta
corresponde al cómo se obtiene; en contraste, decir: “una buena propuesta”,
incita inmediatamente a la pregunta “¿buena para qué?” y entonces recurriríamos
a cosas como “la que es adecuada para lo que queremos”, o “la que es adecuada
para resolver tal y tal problema en el país”. Daríamos una descripción
definida.
¿Por qué tiene que hacer esto?, ¿por qué cuando decimos “ese
cartel es verde” no tomamos la actitud que tomamos con “ese candidato ofrece
las mejores propuestas”?, ¿por qué no tenemos que aclarar con palabras lo que
entendemos por alguna de las partes de la proposición? ¿es porque el ser bueno
o mejor implica alguna oscuridad siempre?
Si le decimos a alguien “aquel candidato tiene buenas
propuestas” y él nos dice “no es cierto, tiene malas propuestas”, no
escribiríamos simplemente las propuestas y se las mostraríamos, pues ya ambos
las conocemos, más bien argumentaríamos.
Si le decimos a un daltónico, “ese cartel es verde” tal vez
él nos diría “no es cierto, es gris”, ¿nos pondríamos a argumentar? ¿Seguiríamos
insistiendo en que es verde? Seguramente no, seguramente hablaríamos sobre su
daltonismo.
Si le dijéramos a alguien con vista normal “ese auto es
azul” y él nos dijera “eso es falso, ese auto es rojo”, pensaríamos que no
vemos el mismo auto, que no entendemos lo mismo por “azul” o por “rojo” o por
“auto” o por “ese” o por “es” o por la oración completa, que nos está jugando
una broma o que de hecho sí tiene algún problema en la vista, pero no
argumentaríamos para defender que “ese auto es azul”.
Ni siquiera cabe hablar de “defender” a favor de “ese auto
es azul”, tan sólo se muestra el auto y si alguien no está de acuerdo, pensamos
alguna de las opciones anteriores.
En cualquiera de las posibilidades anteriores, hay las
siguientes posibilidades: que haya un problema contingente como que no haya
señalado bien el carro y que por lo tanto no estamos viendo el mismo auto, que
hay un problema en el uso de ciertos términos, o un mero hecho social, o un
hecho fisiológico. En cualquier caso, no argumentamos. Aunque, claro está,
hablamos para entender qué es lo que está pasando.
El primer caso se solucionaría señalando con más precisión,
el segundo señalando muchas cosas rojas y azules y autos para ponernos de
acuerdo sobre cómo usamos los términos y trataríamos con oraciones parecidas
para ver si entendemos el lenguaje de la misma forma, el tercero aclarando que
es una broma y el cuarto con una investigación médica. En ningún caso sería
propia la argumentación para resolver el problema.
Pero puedo pensar en un caso en el que uso el mismo término
problemático “ser bueno” en donde no tendría que hablar. Digamos que Pedro y yo
queremos ir a una fiesta en Coyoacán, pero no hemos decidido cómo llegar, él me
habla de una ruta para llegar al lugar y me dice que es una buena ruta, y yo le
digo “conozco una ruta que es mejor”, así que tenemos dos rutas y queremos
decidir cuál es la mejor. Lo que hago, en lugar de tomarme la molestia de
hablar, es abrir google maps y trazar las dos rutas; una vez que se ve
claramente que mi ruta es más directa y su ruta da muchas vueltas, no hay más
que decir y Pedro me da la razón.
Pedro podría decir: “en esa ruta hay más tráfico que en la
mía, y tomaría más tiempo”, y si yo le creyera tendría que decir “bueno,
entonces la tuya es mejor”. El criterio es el menor tiempo posible.
Pero incluso Pedro podría no decir nada, podríamos
simplemente irnos en dos autos separados y cada quien tomar una ruta y el
primero que llegara sería quien estuviera en lo correcto con respecto a la ruta
más rápida, no habría que argumentar.
¿Decimos aquí que el término “ser bueno” o “ser mejor” es
más claro y consensuado cuando hablamos de rutas para llegar a un lugar que
cuando hablamos de propuestas políticas?, ¿es eso lo que hace necesaria la
argumentación en el caso de la política?, ¿por qué?
Al momento de ver las propuestas en el papel no sabemos bien
cómo juzgar la idea de Juan, pero al ver que Pedro llega primero que yo, nadie
tendría duda sobre las rutas.
Y si alguien tuviera duda y no entendiera el experimento
entre Pedro y yo, se lo explicaríamos, pero no argumentaríamos.
Si alguien nos dijera “eso no muestra que Pedro tuviera
razón sobre la mejor ruta”, empezaríamos a argumentar. ¿Por qué?
En el caso del simpatizante de Juan, lo que no nos queda
claro es lo que entiende por “bueno” y nos ofrece un criterio de identificación
del cual sólo cuestionamos si acaso también nosotros lo relacionaríamos con
“bueno”, cuando nos quede claro tal vez después necesitemos aclarar lo que
entiende por “problema en un país”, y así sucesivamente, y en cada uno de estos
puntos podríamos estar en desacuerdo, pero al final podrían suceder dos cosas:
1) tendríamos que llegar a proposiciones sobre las cuáles tendríamos que poder
hacer señalamientos, aclaraciones o investigaciones como las que hicimos para
el problema de “ese cartel es rojo” para ponernos de acuerdo, o 2) nos
quedaríamos en un desacuerdo sobre la relación entre ciertas expresiones como
“bueno” o “problema en un país” con las descripciones definidas propuestas y en
ese caso, si no se pudiera avanzar, parecería que simplemente hablamos dos
lenguajes distintos porque no usamos las mismas palabras públicas para
identificar las mismas cosas.
Cuando argumentas, lo que ofreces son las condiciones de
verdad de una proposición. Haces explícita la caracterización de un término
cuyo uso no está bien delimitado y requiere aclaración, dices “si aceptas que
p, q, r, s, entonces aceptas z (en este lenguaje)”. Lo que interesa aquí es z,
la conclusión. Nos interesa argumentar para llegar a conclusiones, nos interesa
decir que hay premisas aceptables que llevan a cierta conclusión de la cual
nuestro interlocutor dudaba; las reglas de la lógica apoyadas de buenas
premisas nos convencen.
Parece que hay palabras que refieren a distintas cosas en
distintos contextos por lo que es importante aclarar las condiciones de verdad
que se están suponiendo en tal o cual contexto.
Argumentar es explicitar las reglas de un lenguaje para
acordar un consenso. Es decir: si aceptas que “bueno” significa esto (ofreces
premisas), aceptas que el mejor candidato es tal (se sigue la conclusión, que
es bueno). Pero argumentar también es señalar o mostrar algo, es utilizar
ciertas reglas del lenguaje para escribir y preguntar, “¿estás de acuerdo?”
Pensemos en las matemáticas.
En las matemáticas siempre argumentamos. ¿Qué significa
mostrar en matemáticas?, significa escribir o mencionar una serie de
afirmaciones en el lenguaje matemático que respeten las reglas del lenguaje y
la última de las afirmaciones será lo que se esté mostrando.
Si no se ha mencionado o no se ha escrito en un papel, no se
ha demostrado. A veces se muestra que algo se puede mostrar y así ya no tenemos
que demostrar todas las sumas de la aritmética.
Mostrar en matemáticas es mostrar el lenguaje matemático, es
como abrir la mano y mostrar que hay o no hay una piedra.
No hay una demostración matemática hasta que no se ha
escrito o dicho.
¿Qué podemos saber con el lenguaje, sino más sobre el
lenguaje?
¿Sobre qué podríamos averiguar tan sólo argumentando?, sobre
el lenguaje.
¿Cuándo argumenta un científico? Si un científico tiene una
tabla de datos, es una abreviatura del tener que ir al mundo y repetir sus
experimentos, y sobre eso no se argumenta, sólo tendríamos que estar presentes
al realizar los experimentos y ver que efectivamente los datos son correctos.
Cuando el científico afirma que, por ejemplo, estos dos cuerpos caen con la
misma aceleración cuando están a la misma distancia del suelo, yo sólo tengo
que estar presente al momento de ver caer esos dos cuerpos y medir la velocidad
de caída y deducir lo que llamamos aceleración para estar de acuerdo y
averiguar si lo que dice es cierto. Hasta ahora el científico no tendría que
argumentar. Pero si me dice que los cuerpos caen porque dios está al centro de
la tierra y todo objeto siempre quiere acercarse a dios, yo le pediré una
explicación, ¿por qué dice que dios está al centro de la tierra?, si no puede
señalarlo le preguntaré que entiende por dios y si no puede señalar nada le
pediré que me explique qué significa que eso (dios) esté al centro de la tierra
si no podemos verlo, que me dé otras señales.
Lo que quiero ilustrar son los casos en los que
argumentamos.
¿Por qué Darwin escribió un libro y no simplemente mostró o
apuntó a la evolución y nos dijo dónde encontrarla?, sea cual sea la respuesta,
¿por qué la aceptamos (la evolución)?
Darwin nos dice, si aceptas que tal y tal, puedes explicar
un montón de cosas perfectamente, y además tal y tal es muy difícil de negar,
porque te pide suponer muy poco.
La teoría explica cosas, pero la enuncia con palabras, no
apunta a ella en el mundo, tiene que hablarla.
Si nosotros viéramos lo que Darwin vio, ¿generaríamos la
misma teoría? Seguramente no sería suficiente ver lo mismo, pero seguramente podríamos haber pensado en lo mismo.
¿Cuándo es que uno acepta una teoría como la de Darwin?, ¿hacen falta
argumentos?
En mi caso, aprendí sobre la teoría de Darwin en 5° de
preparatoria en mi clase de biología, hubo un experimento que recuerdo
particularmente: mi maestro puso muchos cuadros blancos y negros de papel de
3cm x 3 cm sobre una cartulina grande, habían tantos cuadros negros como
blancos y la mitad de la cartulina era negra y la otra mitad era blanca; pidió
a varios compañeros que se pusieran frente a la cartulina y que a la señal
tomaran tantos cuadros como pudieran de uno sólo de los dos lados de la
cartulina en 2 segundos. El resultado fue que, cuando tomaron cuadros del lado
negro, “sobrevivían” los cuadros negros y viceversa.
Pero uno podría simplemente pensar en las polillas blancas y
negras, antes del siglo XIX había más polillas blancas y los árboles donde se
posaban eran más blancos, después de la revolución industrial se redujo la
población de polillas negras y los árboles donde se posaban empezaron a
oscurecerse por el hollín de las fábricas. Ahora bien, ¿esto muestra que hay
evolución por selección natural? Si uno viera incluso el fenómeno de las aves
encontrando fácilmente polillas negras sobre árboles blancos y después
encontrando fácilmente polillas blancas sobre árboles oscuros, ¿estaría uno
viendo la evolución o se necesitaría un argumento para aceptar la evolución?
Naturalmente uno nunca diría que ve cómo surgieron todas las
especies del planeta a lo largo del tiempo, uno puede entender el caso de las
polillas y suponer que sucedió algo análogo para cada ser vivo del planeta.
Me parece que uno podría llegar a una teoría parecida a la
de Darwin sin necesidad de argumentación, tal vez tan sólo sería necesario ser
guiado a través de ciertas preguntas u observar fenómenos muy específicos como
los que puede notar uno viajando por las islas Galápagos.
Darwin tan sólo tendría que decirnos lo que vio y lo que
supone, no tendría que hacer más que explicarnos la historia psicológica de su
suposición y nosotros esperaríamos sentirnos tentados a sostener la misma
suposición por su poder explicativo, etc. ¿Pero sería necesario para el
científico argumentar estrictamente?
Quiero decir, yo puedo contarle a alguien que no conoce la
teoría de Darwin sobre el fenómeno de las polillas y luego decirle “a lo mejor
así sucedió para cada ser vivo del planeta, piénsalo, uno podría explicar
muchísimo sobre los seres vivos suponiendo que así funciona” y tal vez podría
dar ejemplos convincentes.
¿Pero estaría argumentando? Me parece que no.