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Die Welt ist alles, was der Fall ist.
El mundo es todo lo que es el caso.
Tesis número uno del Tractatus Logico-Philosophicus. ¿De qué se trata?
Hablamos de "mundo" . Decimos que en este mundo sucede tal o cual cosa. El lenguaje nos permite formular muchos candidatos de enunciados que nos digan lo que sucede, pero también nos pueden hablar de cosas que no suceden. Que Roma fue gobernada por César. Que 2+2=4. Que Pegaso es el corcel de Hércules. Que hace frío. Que Armenia está en Europa. Que si llueve uno debe llevar paragüas. Que Juan Rulfo es el escritor de "El llano en llamas". Que Carlos Fuentes era un buen escritor. Que asesinar está mal. Que hay que dormirse a las 11. Que dados dos puntos distintos en el espacio, una recta es la distancia más corta entre ellos. De estas afirmaciones, algunas son más precisas que otras, unas son más complejas que otras, unas dicen cosas verdaderas y otras cosas falsas. El mero lenguaje nos permite formular enunciados falsos, no necesitamos verdad para hablar con sentido, una oración tiene significado independientemente de su verdad o falsedad: "Chabelo gobierna Baja California Norte". Pero a pesar de toda la fantasía a la que nos da acceso el lenguaje, distinguimos entre lo que podría ser y lo que de hecho es. El lenguaje, el pensamiento, nos da muchas posibilidades, podemos pensar y hablar sobre mundos posibles donde las jirafas son rayadas y las zebras tienen cuello largo y EPN está pelón, pero el mundo es sólo uno de varios mundos posibles. El mundo en el que vivimos es el mundo actual, se define en términos de lo que de hecho sucede, no lo que podría haber sucedido, sino lo que es el caso, y además todo lo que es el caso: no basta con nombrar uno o dos hechos. Puedo saber que estoy en el mundo posible donde EPN es presidente de México, pero eso no me dice si estoy en un mundo donde el azúcar es dulce o donde hubo un genocidio en Armenia en el siglo XX: para definir el mundo actual completamente requiero todos los hechos, todo lo que es el caso.
El mundo es todo lo que es el caso.
sábado, 20 de junio de 2015
Formas de vida
¿Cuál es la mejor forma de vida para quien se dedica a leer y escribir filosofía o literatura?
Si uno es estudiante de filosofía o de letras ya debería haberse hecho la pregunta. Pero normalmente no es así, al contrario, esa pregunta se rechaza y se pasa por alto como una cuestión de índole pragmática, totalmente confinada al mundo de la persona práctica y superficial que busca con cumplir unos fines arbitrariamente establecidos, heredados culturalmente acríticamente, no reflexionados. Es una pregunta estúpida, pues, porque no hay formas de vida mejores ni peores que otras.
Puesto así, sin más, es cierto: no hay formas de vida que sean absolutamente mejores o peores, sólo podemos hablar de que algo es mejor o peor de acuerdo con ciertas metas. Pero justamente sobre eso queríamos hablar, sobre la mejor manera de alcanzar las metas de quienes se dedican a leer y escribir filosofía o literatura, no hablábamos de formas de vida buenas en absoluta, y claro que hay caminos mejores que otros para dedicarse a escribir. Así que la pregunta cabe.
¿Cuáles son esas metas? Habrán muchas que varíen de acuerdo con la persona de la que estemos hablando, pero la sola pregunta nos señala que hablamos de personas que pretenden dedicarse a leer y escribir, no serán para ellas meros pasatiempos, sino que han de ocupar buena parte de su esfuerzo vital -tiempo, concentración- en leer y escribir.
Es claro que quien se dedica a curar personas dedica unas horas al día en el hospital, en un consultorio, etc. y así logra dedicarse a la salud como forma de vida. Hay un orden, una hora de entrada, de salida, hay pacientes, proyectos, jefes, compañeros de trabajo, etc. ¿Qué pasa con los que quieren escribir? Ahí entra la herencia cultural aceptada sin crítica alguna de por medio: un cliché muy socorrido es el del escritor solitario que dedica las mejores horas de la noche a leer y a escribir en una habitación a oscuras llena de humo, libros y tazas de café, y que durante el día duerme o vaga miserablemente por la ciudad encontrándose con todo tipo de personajes y situaciones que incluirá seguramente en su obra, buscando libros en librerías de viejo, visitando cafeterías y viejos amigos, lamentándose de innumerables cosas.
En realidad no suele ser así. Normalmente uno tiene proyectos, jefes (asesores), compañeros de trabajo, horarios, etc., y en estos casos no funciona imaginarse que uno dispone del día para vagar por la ciudad y que requiere momentos de inspiración nocturna para destilar genialidades. Parece que uno necesita más bien orden para terminar proyectos y dar cuenta del propio trabajo a sus asesores, requiere llevarse bien con sus compañeros, cumplir horarios, atender a quienes solicitan un trabajo especial que uno puede hacer, etc.
Parece, pues, que quienes quieren dedicarse a leer y escribir se piensan con un deber de libertad creativa fundamentalmente peleado con la idea de orden y planificación. Como esa paloma de la que hablaba Kant, que podía pensar que sin la resistencia del aire volaría mucho mejor, cuando resulta que sería imposible volar sin resistencia.
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