sábado, 5 de noviembre de 2016

Sobre la idea de "merecer" algo en la vida

No hace mucho en una comida familiar se lanzó un par de preguntas: ¿Por qué cosas estás agradecido? ¿Crees merecer esas cosas? Me pareció una idea muy extraña preguntar si uno merecía las cosas por las que uno se siente agradecido, pero revela una concepción de la vida muy interesante que quizá esté implícita en muchos de nuestros actos y pensamientos, y creo que además puede ser un tanto dañina.

¿Qué queremos decir cuando decimos que alguien merece algo? Básicamente, que sus actos deberían ser premiados o castigados. Es decir, que independientemente de las consecuencias que ya tiene una acción, si lleva además una carga ética (es buena o mala), alguien debería premiarla si fue una buena acción o castigarla si fue mala. El premio sería algo placentero o bueno y el castigo algo desagradable o malo. Aquí usamos todos estos conceptos éticos de gran peso (bueno y malo) sin darles mucha seriedad.

Esta concepción de sentido común del merecer supone entonces algún criterio para distinguir entre lo bueno y lo malo, pues son solamente los actos buenos y malos los que merecerán premio o castigo. Ahora bien, lo que me parece enigmático es cómo se conecta esto con las cosas por las que uno está agradecido.

Uno puede estar agradecido por un sinfín de cosas, pero siempre agradecemos por las cosas que en última instancia nos dan un sentimiento de bienestar, placer, o cualquier sensación agradable, o que consideramos en algún sentido buenas o positivas. Además, normalmente sentimos más agradecimiento por aquellas cosas que no son producto directo de nuestras acciones, sino que son algo así como regalos del destino. Por ejemplo, haber tenido padres bondadosos, ya que uno no elige a sus padres. O crecer en un país pacífico, que tampoco depende de nuestra voluntad. O tener dos manos y dos ojos, etc. Pero incluso cuando agradecemos por aquellas cosas que sí dependen en buena medida de nuestros actos, tomamos una perspectiva más amplia, como dando un paso atrás y viendo el azaroso y arbitrario cúmulo de eventos que nos llevaron ahí. Por ejemplo, yo estoy agradecido por tener al perro que tengo, pero aunque yo elegí adoptarlo de la calle, no elegí encontrármelo ni elegí que tuviera el noble carácter que tiene, ni elegí que estuviera educado para no orinarse en la casa. Incluso podría decir que estoy agradecido por haber elegido adoptarlo, pero lo digo desde esa perspectiva amplia en la que me veo a mí mismo tomando una decisión que podría no haber tomado. Ahí está ese ingrediente de azar o destino, como prefiera verse.

Ahora puedo decir más precisamente por qué me parece tan extraña la idea de pensar que uno pueda merecer o no las cosas por las que uno está agradecido. Si bien uno está agradecido sólo por cosas que considera buenas, eso no significa que todo lo bueno es un premio. Un premio es algo que alguien nos da adicionalmente a las consecuencias que ya tienen nuestros actos. Es un plus.Uno está agradecido por cosas que considera buenas, pero eso no significa que alguien se haya tomado la molestia de ver y juzgar nuestras acciones para luego premiarnos con algo que representa un plus a las consecuencias de nuestros actos.

Ante estas ideas me brincan dos preguntas: ¿Quién podría tener la última palabra sobre la bondad o la maldad de nuestros actos como para además tener la autoridad de premiarnos o castigarnos por ellas? Decíamos que un premio o un castigo es algo que alguien nos da como un plus a las consecuencias de nuestros actos, ¿cómo puede algo ser un premio o un castigo si es producto del azar o consecuencia directa de nuestros actos?  Si viene del azar, entonces no es un premio ni un castigo porque nadie está decidiendo que eso ocurra en nuestras vidas al juzgar alguno de nuestros actos; si es consecuencia directa de nuestros actos, ya no es un premio ni un castigo porque estos sólo vienen como un plus a las consecuencias directas de nuestros actos.

Me parece que todo esto se trata de la idea de los padres entrenando a su hijo para reforzar en él ciertas acciones y evitar que realice ciertas acciones. Quizás uno se queda con esta estructura mental y piensa que hay alguien vigilando sus acciones y juzgando si merecen premio o castigo, y entonces uno piensa que lo bueno en su vida es un premio y lo malo un castigo. Pensando en una metáfora de Quine, a mí me parece que nuestra vida es más bien como un tejido gris que se figura compuesto por hilos negros de azar e hilos blancos de consecuencias de nuestros actos, en el que de todos modos, cuando lo examinamos de cerca, nunca llegamos a encontrar algún hilo del todo blanco o negro. En este tejido no hay cabida para algo así como premios y castigos del destino, de dios o de Miss Lupita.

La idea de esas preguntas, según nos contaba esta persona, es medir la autoestima de las personas. Si uno piensa que no merece esas cosas positivas que agradece, hay mala autoestima; si uno piensa que sí las merece, quizá haya una idea inflada de uno mismo. Pero a mi parecer no tiene sentido pensar que uno merece o no merece esas cosas, porque eso significaría que hay alguien con la autoridad de juzgar la bondad o maldad de nuestras acciones y que además se toma la molestia de mandarnos premios y castigos por ellas, y eso me parece un cuento de hadas que además exacerba la neurosis y la paranoia.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Problemas

Quiero mencionar algunas curiosidades sobre el concepto de "problema". La semilla de estas reflexiones, hasta donde puedo recordar, se remite principalmente a dos eventos en mi vida: el primero fue una discusión que tuve con una persona que hacía muchas preguntas para molestar, el segundo fue una conferencia de Philip Kitcher sobre la corriente filosófica denominada "pragmatismo". Ellos tienen la culpa de todo esto.

La discusión con esta persona se me quedó grabada porque su método para molestar era muy similar al del escéptico (es decir, pedir justificaciones a cada respuesta de su interlocutor ad infinitum), con la diferencia de que más que pedir justificaciones pedía definiciones de cada nuevo término en la discusión. Es decir, parecía más bien socrático. Claro que esa persona no lo sabía, pero eso hacía, aplicaba un método socrático para molestar. El resultado fue que, a diferencia de los diálogos socráticos donde siempre se terminaba preguntando por la naturaleza del conocimiento, de la virtud o del bien, en nuestra peculiar discusión siempre se terminaba preguntando qué es un problema y qué es una solución, y de ahí no salíamos, porque yo respondía siempre que un problema es algo que tiene solución y que una solución es lo que resuelve un problema.

Años después, atendí a una conferencia de Philip Kitcher en el IIF de la UNAM sobre el pragmatismo y en esa conferencia señaló que la posibilidad de mostrar que el pragmatismo sí rescata nuestras intuiciones sobre la objetividad del conocimiento descansaría en última instancia en la objetividad de los problemas, es decir, en la posibilidad de mostrar que se puede definir una situación como un problema sin necesidad de aludir a una meta subjetiva de uno o varios individuos. Esto me parece equivocado ahora, pero la verdad es que no recuerdo bien su argumento completo.

En una definición de diccionario podemos decir que un problema es una situación que obstaculiza o evita la realización de alguna meta u objetivo. El elemento de la "meta u objetivo" es el que introduce la subjetividad en la noción de problema. Es decir, en principio ninguna situación sería un problema si no hubieran sujetos estableciendo metas. Claro, además se necesitan obstáculos, pero si ni siquiera hubieran metas, menos aún obstáculos.

Esta concepción es clara en la vida cotidiana. Es un problema no encontrar las llaves del coche si quiero irme a trabajar en coche, es problemático no tener gas si quiero calentar algo en la estufa, etc. Pero hay otros problemas, los problemas matemáticos, por ejemplo, los problemas de la ciencia, los problemas filosóficos. ¿Lo son sólo porque hay gente tratando de llegar a metas matemáticas, científicas y filosóficas?

Me parece que el pirronismo y Wittgenstein, por ejemplo, están contentos con la idea de que en filosofía hay problemas filosóficos justo en ese sentido: hay una meta y obstáculos hacia ella. Comparten la idea de que la solución de estos problema no siempre consiste en quitar o superar los obstáculos, sino en ya no buscar las metas planteadas en un principio, por lo que a veces se prefiere hablar de la "disolución" de un problema para distinguir entre dos aproximaciones a la resolución de problemas: la clásica es quitar o superar el obstáculo y la otra es dejar de intentar llegar a la meta; después de todo se necesita tanto una meta como un obstáculo para que haya un problema. Quizá de ahí el disgusto de muchos filósofos con estas corrientes filosóficas, pues en una lectura superficial parecen trivializar la importancia de los problemas filosóficos. Claro que ninguna de estas propuestas pretende decir que si uno simplemente se distrae de la filosofía ya hizo desaparecer todos los problemas filosóficos, la idea es más bien mostrar racionalmente, con argumentos, que las metas planteadas son inalcanzables y que, por lo tanto, buscar su solución tratando de eliminar o superar el obstáculo es buscar algo inexistente. Es absurdo, pues. Pero en otros ámbitos esto es bastante razonable y familiar: los psicólogos y los budistas nos recomiendan dejar de tratar de cambiar los aspectos de los demás que no nos gustan y que no podemos controlar. Poniendo ejemplos más bien raros, si uno tiene el problema de que un amigo está muy viejo y se planteara la meta de cambiar ese aspecto de su amigo, mejor sería olvidarse de esa meta. De igual forma, si uno quiere dejar de estar sujeto a las leyes de la física y se convierte en un problema porque se empecina uno en el asunto sería uno un necio y un idiota porque lo mejor sería olvidarse de esa meta.

Como mencioné, en la discusión con esa persona molesta lo más que atiné a decir fue que un problema es algo que tiene solución. Entonces me di cuenta de que con una concepción así se puede entender que para Wittgenstein los problemas filosóficos sean pseudo-problemas, porque él pensaba que es imposible eliminar el obstáculo que nos evita llegar a la meta de las preguntas filosóficas, no tienen solución y por lo tanto no calificarían siquiera como problemas. Sería como querer encontrar un número impar mayor que cero divisible entre dos. No es un problema porque no tiene solución, claro que si uno no sabe nada de números puede pasar mucho tiempo tratando de encontrar la solución, su problema real sería entonces que cree tener un problema e intenta resolverlo, y no se da cuenta de que su meta es inalcanzable.

¿Qué es un problema matemático? ¿Por qué es un problema? ¿Cuál es la meta y cuáles los obstáculos? ¿Dependen siempre del matemático y sus metas? Uno querría decir que en los asuntos de conocimiento el problema es que no lo sabemos todo, nuestro conocimiento es corto e incompleto, es decir, queremos saber cosas y nuestro obstáculo es cómo llegar al conocimiento. A veces es fácil, pero muchas veces no lo es por gran variedad de motivos que varían de caso a caso. Es decir, bajo esta concepción, las matemáticas no tienen problemas, sino que somos nosotros los que tenemos problemas al plantearnos preguntas matemáticas.

En filosofía me parece que sucede algo curioso desde hace ya varias décadas, cuando menos en el ámbito de la filosofía analítica, que es el que conozco medianamente. Se habla constantemente de problemas filosóficos sin mayor reserva, pero me parece que no se hace suficiente énfasis en el hecho de que son PROBLEMAS. Es decir, una meta y uno o varios obstáculos hacia ella. Habría que tener claro cuál es la meta y cuáles los obstáculos en cada meta. Una visión panorámica del asunto a veces refresca estos asuntos, creo que por eso me gusta la aproximación de Wittgenstein a la filosofía, porque constantemente retrocede y toma una visión panorámica de los asuntos filosóficos como problemas.

Me parece problemático (¡!) justamente porque eliminar problemas es una tarea que puede abordarse de maneras abrumadoramente variadas y muchas de ellas se dejan de lado cuando no se hace énfasis en el hecho de que queremos resolver un problema. Una de esas maneras de enfrentar problemas, como ya dije, es mostrar que la meta es inalcanzable. Esa opción suele dejarse de lado porque se piensa que es una manera rápida pero falaz de acabar con el problema que revela una falta de compromiso con la verdad. Pero si se toma en serio el hecho de que son problemas, que los enfrentamos en función de nuestras propias metas cognitivas, entonces se deben abordar como tales y se deben considerar todas las posibles maneras de acabar con ellos, incluso considerando la posibilidad de que ni siquiera sean problemas con una posible solución.