miércoles, 9 de abril de 2014

El lenguaje en la religión

Leyendo las notas de Waismann sobre las conversaciones que él, Schlick y Wittgenstein sostuvieron entre 1928 y 1934 (Wittgenstein und der Wiener Kreis)  se encuentra uno cosas interesantes. Cito y comento en este post una de las que más me gustaron:

La religión

¿Es esencial el habla para la religión? Me puedo imaginar bien una religión en que no existan dogmas y en la que, por tanto, no se hable. El ser de la religión puede no tener nada que ver con que se hable; o mejor: si se habla es que se trata de un componente de la acción religiosa y no de teorías, independientemente de si las palabras son verdaderas, falsas o carentes de sentido.

 Las hablas de la religión no son símiles, pues si lo fueran se podrían decir en prosa. ¿Es correr contra las barreras del lenguaje? El lenguaje no es una jaula.

Sólo puedo decir que no me burlo de esa tendencia de los hombres; antes bien que me quito el sombrero. Aquí es esencial que no se trate de una descripción de la sociología, sino que hable de mí propio.

Los hechos no tienen importancia para mí, pero me interesa saber qué entienden los hombres al decir que "el mundo está ahí".

Waissman pregunta a Wittgenstein: ¿Está en conexión el estar-ahí del mundo con lo ético?

Wittgenstein: Que existe conexión lo han percibido los hombres y lo han expresado de esta manera: Dios Padre hizo el mundo, Dios Hijo (o la Palabra, lo que sale de Dios) es lo ético. Que se divida la divinidad para luego volverla a unir significa que existe aquí una conexión.

WWK IV - Miércoles, 17 de diciembre (Neuwaldegg)


Me parece que podemos distinguir cuando menos tres tesis acerca de la religión en esta conversación.

Primero, que hablar -en el sentido de articular oraciones informativas acerca de algún aspecto del mundo- no es parte esencial de la religión; es prescindible. Cuando se llega a utilizar el lenguaje no es con un afán informativo, descriptivo ni explicativo, sino que es como cuando cantamos las "mañanitas" alrededor de un pastel en un cumpleaños - sería absurdo preguntarse si aquellas son realmente las mañanitas que cantaba el Rey David y pensar que de no ser así nuestro canto resulta "falso". Es un asunto ritual, no uno informativo.

Segundo, que tampoco puede aclararse lo que el discurso religioso (una parábola, por ejemplo) "realmente quiere decir". Un símil se entiende como una comparación esclarecedora que puede abandonarse en cualquier momento por aquello de lo que es símil. Por ejemplo, puedo hacer un símil entre el mundo de las apariencias y el mundo "real" hablando de una caverna donde viven unos hombres que ven sombras que se proyectan en las paredes, tomando las sombras por lo real ignorando que los objetos que proyectan las sombras están pasando tras ellos. Pero también puedo hablar de objetos reales y objetos de la experiencia, datos de los sentidos, y hacer a un lado el símil. Si no puedo hacerlo es que no había ahí un símil. Pero en el lenguaje religioso queda claro que el discurso no es literal, así que si tampoco son símiles, entonces el lenguaje está funcionando ahí de una manera distinta a los lenguajes científico y alegórico.

Tercero, que para Wittgenstein no era en absoluto absurdo profesar una religión ni hablar al respecto. Quizás lo absurdo serían ciertas pretensiones y exigencias de algunas personas. Yo no sé, por ejemplo, por qué es tan importante para el cristianismo poseer algunas verdades acerca del mundo cuando lo interesante del cristianismo no tiene que ver con su capacidad informativa, la cual claramente se ve rebasada por la ciencia (con lo cual, dicho sea de paso, la religión no pierde nada, como no pierde nada un cuento por hablar de hechos que nunca ocurrieron). Parece que este reclamo es un asunto práctico y no genuinamente teológico, como si temiesen perder adeptos al tener que renunciar a tener verdades (como si no hubieran perdido ya bastantes). Aquí parecería haber una valoración errada de la verdad o un uso anómalo del concepto. Russell estaría del otro lado, exigiendo a las religiones lo que algunos religiosos (por necios) han asegurado: que tienen verdades acerca del mundo (en el sentido Wittgensteiniano, saben de ciertas proposiciones que figuran ciertos estados de cosas si son verdaderas o falsas).


Siempre he tenido la impresión de que el debate entre ciencia y religión es un debate entre personas y egos, no entre teorías rivales. No hay una oposición real: algunos reclaman que la religión debería explicar los fenómenos del mundo y otros reclaman que la ciencia debería ser la única guía para actuar racionalmente. En ningún caso se cumplen las expectativas: ni la religión tiene las herramientas que sí tiene la ciencia para dar cuenta de los hechos del mundo, ni la ciencia tiene cómo dar respuesta a las preguntas que salen del mundo de los hechos (el mundo de lo que es) y entran en el ámbito de lo moral (el mundo de lo que debe ser). Las vacas no vuelan y a nadie se le ocurriría decir que en ese sentido las vacas son un fracaso, el único fracaso sería pensar de esa manera.

Esta manera Wittgensteiniana de concebir la religión yo la veo como una manera de permitir que ciencia y religión convivan conceptualmente en paz, tanto entre distintos individuos como en una misma cabeza.

martes, 8 de abril de 2014

Pequeño diálogo sobre el estudio de la filosofía

Así que me encontré un comentario que plantea una cuestión interesante a un artículo (aún más interesante) en Internet y decidí contestar algo. Reproduzco el pequeño diálogo y dejo el link del artículo.  http://www.prospectmagazine.co.uk/magazine/bryan-magee-profundity-obscurity-bad-writing/#.Up1h8tLuIrU

Mr. Math: My academic background is in maths and science, rather than philosophy, so I’ll admit that I’m speaking about an area I don’t know much about, but I don’t see why the fact that a philosopher is a bad writer should cause many problems with the understanding/popularisation of their work.
When science students are learning their subject they almost never read things written by the actual scientists who made the discoveries they are learning about: they read textbooks that in theory are written in a way that makes the topic easier to learn. Similarly, when non-scientist members of the public want to learn about an area of science that interests them, they don’t read papers published in the journals, they read books and articles written by people who are especially skilled at explaining science to the masses. There’s a good reason for this: there’s no reason to assume that someone who is a good scientist will also be a good writer.
Assuming that what matters in philosophy is the ideas that philosophers come up with, why does the same not apply?

Mr. Phil: I like your comment.

I think the problem with the understanding and popularisation of difficult philosophical work is the motivation one may have to take the time and effort to understand it.

Philosophy, historically speaking,  seems to be a really long debate about really difficult questions that has taken place for a really long time in human history; with really no definitive answers. We usually obtain more questions than answers from philosophy. Normally, when someone is curious about some philosophical question he might just think about it for a while, talk about it with some friends and maybe read some book on the subject (an easy one) and that will be the end of it. Only those with some kind of philosophical vocation will take a step further and attempt to read some major philosopher or to achieve a degree on philosophy in order to understand more profoundly.

In science there is also this kind of vocation for understanding deeply, but there is in addition a practical use of scientific knowledge which philosophy lacks and, more importantly, science enjoys a better reputation than philosophy in achieving truths and giving us information about the world. A non-philosopher will normally not see the point of studying 4 years long just in order to be able to understand difficult questions and plausible answers with no further objetive than the pleasure that such an activity may provide.

I think the idea that one is REALLY knowing something NEW and TRUE about the world makes the effort worth it in the minds of people reading about science. In their minds, since philosophy won't give them such things as right and true answers, then it better be at least enjoyable while it's being read; if it's not, why bother?

In my opinion, such naive opinions dissappear the moment one experiencies in own flesh the power of philosophical questions, remarks and puzzles. Not every intellectual activity needs to give inmediatly radically new explanations about the world in order to be intellectually valuable. Philosophy and mathematics seem to me good examples of such activities.


Sorry, english is not my mother language, so please try to ignore my grammatical and ortographic mistakes (I hope they're not too bad).


Estoy pensando en traducirlo.

lunes, 7 de abril de 2014

La dificultad del Tractatus

Para empezar quiero marcar una distinción entre dos términos: difícil y complicado.

Complicado, metafóricamente hablando, significa enredado o enmarañado. La trama del cuento El hombre, de Juan Rulfo, es complicada, porque hay cuatro distintos narradores y hay muchos elementos que entran en juego para reconstruir una crónica de los hechos narrados. Seguir una prueba matemática de 50 páginas que consta de 344 pasos. Describir detalladamente el funcionamiento de un Boeing 747 también es complicado por la enorme cantidad de elementos y relaciones que deben explicitarse. Manejar un avión también es complicado y los aprendices de aviación tienen grandes dificultades al principio, pero con el tiempo se vuelve fácil.

Difícil, en cambio, es algo que requiere mucho trabajo. Algo complicado como manejar un avión normalmente implica trabajo y es, por lo tanto, difícil. Pero no todo lo que es difícil es complicado. Cargar una barra de 80 kg es difícil para un ser humano, pero no es complicado en el sentido de que no hay una maraña de pasos a seguir para lograrlo. Hablar en público es difícil para muchas personas; les cuesta mucho trabajo.

Decimos de algo que es complicado o sencillo, pero dicha complejidad o sencillez no está evaluada en términos del esfuerzo de un sujeto, sino de propiedades supuestamente objetivas de lo que estamos calificando como sencillo o complicado. Es un hecho que, en comparación con el número de elementos necesarios para explicar el funcionamiento de un péndulo, hay un gran número de elementos que considerar al explicar el funcionamiento de un Boeing 747.

Sobre lo difícil o lo fácil, en cambio, no se ha de entender que sean propiedades de los objetos que estamos calificando, sino más bien de los sujetos que interactúan con ellos. Levantar 80 kg. es difícil para un ser humano, pero seguramente es fácil para un elefante. Como lo difícil o lo fácil se dice en términos del trabajo o esfuerzo que implica una tarea, aunque gramaticalmente sea una propiedad adjudicada a pesos o eventos públicos, realmente califica una relación entre un sujeto y una acción. (Hablar en público - una persona  adulta promedio= difícil; vestirse - una persona adulta promedio = fácil; levantar un sándwich - una hormiga = difícil; volar un avión - un piloto experimentado = fácil).

No siempre nos queda claro si algo es o no es complicado, en parte porque estamos acostumbrados a confundir ambos grupos de propiedades. Es decir, damos por hecho que si algo nos cuesta trabajo se debe a que es complicado; adjudicamos una propiedad objetiva a las cosas y nos desentendemos del rol que nosotros mismos jugamos en el trabajo que nos cuesta realizar una acción. Lo que hasta aquí he escrito, por ejemplo, no tengo cómo saber si es fácil o difícil por ahora para los lectores (hasta que escuche algunos comentarios), pero no es complicado, ya que tan sólo estoy marcando una distinción ofreciendo muchos ejemplos; no hay demasiada argumentación que seguir.

Entender el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein es primordialmente difícil, antes que complicado. Lo complicado del texto es algo trivial y es tan sólo el orden expositivo, pero eso no tiene interés, cuando menos para la filosofía. La difícultad filosóficamente interesante consiste en el tipo de creencias que nos pide poner en duda, pues tienen que ver con la integridad personal de quien estudia filosofía.

La pregunta por el objetivo del filosofar es una pregunta que los filósofos suelen poner a un lado argumentando que pueden filosofar sobre otros temas sin necesidad de tener antes una respuesta a esa pregunta. Eso es cierto y sucede lo mismo con muchas otras preguntas filosóficas: las pregunta por lo que debemos hacer no nos impide hacer cosas; la pregunta por lo que podemos conocer no nos impide hacer ciencia; la pregunta por lo artístico no nos impide hacer arte. Pero que la falta de respuesta a una pregunta filosófica no sea una barrera práctica no hace de las preguntas filosóficas un asunto trivial. Evadir o posponer la respuesta no nos deja tranquilos.

Lo que un grupo de filósofos diga sobre el conocimiento científico seguramente no tendrá una influencia directa ni será tomado como bandera ideológica por los científicos.

Yo creo que lo difícil de esta cuestión está en que hay un elemento de la personalidad que cuesta trabajo dejar de lado, pero que debe superarse si uno ha de enfrentarse plenamente con la cuestión. Lo difícil es que vemos que el trabajo filosófico no se trata de encontrar verdades fundamentales que todas las personas razonables deberían tomar como ciertas. Ése parece haber sido el sueño de algunos filósofos como Platón, Hobbes y Russell. Pero parece que todo el chiste de la filosofía está en la discusión misma. Quizás no haya un sólo asunto en la filosofía que no se haya puesto en duda a cuyas posturas no se les haya dado apoyo en sólidos argumentos tanto a favor como en contra. A pesar de esto, el filosofar persiste en la historia.

Wittgenstein encuentra una manera de salvar el asunto reconociendo que la filosofía no trata de verdades, sino de discutir seriamente, sin caer en una trivialización de esta actividad humana que tanto apreciamos. En lugar de considerar que la filosofía consiste en un cuerpo de verdades especiales esperando a ser descubiertas y que todos aceptaremos por la pura razón -aunque hasta hoy no hayamos encontrado ninguna de ellas- podemos considerar a la filosofía como una actividad que consiste básicamente en hacer preguntas reveladoras, en replantear conceptos, en revisar las herramientas intelectuales que utilizamos en otras áreas del pensar donde parece que sí descubrimos verdades acerca del mundo.

La mayoría de los seres humanos típicamente requieren reconocimiento social y la mejor manera de obtenerlo es mostrar que, en la maquinaria social, el rol desempeñado por el engrane que uno representa es indispensable para el funcionamiento exitoso del mecanismo. En la metáfora, la filosofía sería un engrane que recibe influencia de otros engranes pero que, a su vez, no es indispensable para hacer girar ningún otro engrane de la sociedad. Quizás por ello sea particularmente difícil entrar en el pensamiento Wittgensteiniano, pues pide a los filósofos que no se den más importancia de la que realmente tienen.

No me parece imposible pensar que en este mundo hay cosas inútiles y muy valiosas. Muchas obras de arte, por ejemplo, son prescindibles para el funcionamiento de la sociedad, pero no dejan de ser joyas de la humanidad.

No deja de ser valioso el buen abogado aunque nunca logremos tener justicia en todos los rincones del mundo, ni deja de ser valioso el médico o el terapeuta aunque las personas se vuelvan a enfermar. Tampoco deja de ser valioso el filosofar aunque no nos dé respuestas, sino más preguntas.


Podemos continuar la metáfora mecánica y decir que la filosofía es un engrane que no sirve para nada en el sentido de que no mueve otras cosas, pero quizá sea inevitable que gire e incluso parece ser un síntoma de salud el que no hayan trabas para realizar sus preguntas. La prohibición de las preguntas filosóficas en una sociedad es típicamente una señal de enfermedad o mal funcionamiento.

viernes, 28 de marzo de 2014

Problemas por todos lados

Para hacer filosofía es necesario un discurso.

No hay más que hacer, sea mental, hablado o escrito, el discurso filosófico es la filosofía.

No un cuerpo de conocimientos, como dicen, sino la actividad.

Pero hay un montón de proposiciones que descartan posibles respuestas a problemas filosóficos, que aclaran distinciones importantes. ¿No es esto conocimiento filosófico?

Descartar una posible respuesta a un problema filosófico es mostrar que va en contra de nuestras intuiciones. 
Que vaya en contra es un hecho y nombrar el hecho es sólo hacerlo explícito.

Resolver un problema filosófico es distinto a resolver otro tipo de problemas.

Un problema en física puede ser calcular tal valor dados tales y tales valores en un sistema tal. Este es un sentido trivial o escolar de la palabra problema.


En otro sentido, un problema en física puede ser explicar el fenómeno de la luz. ¿Es un problema de la física o de los hombres?, ¿cuándo decimos que la física tiene un problema y cuándo decimos que es el hombre contingente quien tiene un problema? ¿cabe plantear la distinción?

Sobre el argumentar

¿Cuándo se argumenta?, ¿para qué necesita uno argumentar?

p, q, r, por lo tanto s.

¿Cuándo necesitamos presentar premisas y conclusión y para qué lo necesitamos?

Cuando uno dice “aquella banca está desocupada”, si una persona quisiera saber si lo que uno está diciendo es cierto o no, tendría que ver si la banca está desocupada o no. Si estuviera desocupada, sería cierto, si no lo estuviera, sería falso.

Si yo le dijera a alguien “tengo una piedra en esta mano” y le mostrara mi mano cerrada, si tal persona quisiera saber si lo que digo es cierto o no, no me pediría argumentos para averiguarlo, y si acaso yo me pusiera a argumentar para concluir con corrección lógica y usando premisas decentes (nada extravagante como decir “los leones vuelan” para poder concluir lógicamente cualquier cosa) que “tengo una piedra en esta mano”, seguramente esa otra persona me vería con un aire de extrañeza y me diría algo así como “argumenta lo que quieras, pero no estoy convencido de que la tengas, mejor abre tu mano y enséñame”.

¿Enseñar qué?, enseñar si tengo o no una piedra en mi mano. Pensamos que podamos mostrar el valor de verdad de una proposición como “tengo una piedra en la mano” y nos parece extraño argumentar para determinar el valor de verdad de ello.

¿Para qué tipo de proposiciones, entonces, argumentamos?

“Para aquellas que no son evidentes”.

Pero si yo digo “tengo una piedra en la mano” y tengo la mano cerrada, ¿es, acaso, evidente el valor de verdad de esa proposición? Aún si no tuviera la mano cerrada, ¿no tendrías que buscar mi mano para averiguar si es cierto lo que digo? No es evidente y sin embargo no argumentamos para ello.

Pensemos en una situación en la que normalmente se argumenta.

Cuando hablamos de política. “¿Cuál candidato tiene las mejores propuestas?”

Si alguien respondiera de entrada: “Juan tiene las mejores propuestas”, ¿qué haríamos?

No le pediríamos simplemente que nos mostrara las propuestas de todos en un papel y que nos señalara las de Juan para después nosotros juzgar simplemente “ah, cierto, son las mejores”, o “estabas equivocado, claramente no son las mejores” y terminar la discusión; no haríamos esto como si nos preguntáramos cuál es la línea más grande de entre cuatro líneas en un papel y simplemente las viéramos (y si acaso fuera necesario las midiéramos para compararlas con precisión) para decir “ah, cierto, aquella es la más grande”, o “estabas equivocado, aquella no es la más grande”.

Lo que haríamos, más bien, sería leer las propuestas y preguntarle a Juan por qué dice que son las mejores.

Y entonces empezaría a argumentar. Ofrecería premisas como “el país necesita tal y tal, Juan ofrece hacer tal y tal para solucionarlo, hacer tal y tal efectivamente lo solucionaría, por lo tanto esa es una buena propuesta” y así con todas o la mayoría de las propuestas, y además tendría que hacer lo mismo para concluir que las propuestas de los demás son malas. ¿Por qué en un caso se señala algo y en otro se empieza a hablar? ¿Por qué necesita hacer eso el simpatizante de Juan?, ¿por qué su proposición no se muestra simplemente en una primera investigación como en el caso de las líneas? En el caso de las líneas y de la piedra todo podría hacerse incluso sin hablar.

Al ofrecer argumentos, el simpatizante de Juan ofrece premisas, premisas que seguramente contendrán suposiciones sobre hechos del mundo como “en el país pasa tal y tal, pero esto evita que el país funcione de tal y tal forma, como Juan ofrece hacer tal y tal para que deje de pasar tal y tal, el país empezaría a funcionar de tal y tal forma, por lo tanto su propuesta es buena”. Otra manera de ponerlo sería “si queremos que el país funcione de tal y tal forma, se puede hacer tal y tal cosa, y como Juan propone hacer justo eso, la propuesta de Juan es adecuada para lo que queremos”. Como no nos convencimos al ver las propuestas de los candidatos sobre la verdad o la falsedad de la proposición del simpatizante de Juan, a saber, “Juan tiene las mejores propuestas”, lo que hace el simpatizante de Juan es hablar sobre lo que está entendiendo por “una buena propuesta”, a saber, “la que es adecuada para lo que queremos”. Nos está ofreciendo un criterio de identificación para “una buena propuesta”, un criterio menos vago tan sólo en el sentido de que tan sólo tenemos que averiguar qué queremos, cómo se obtiene y si x propuesta corresponde al cómo se obtiene; en contraste, decir: “una buena propuesta”, incita inmediatamente a la pregunta “¿buena para qué?” y entonces recurriríamos a cosas como “la que es adecuada para lo que queremos”, o “la que es adecuada para resolver tal y tal problema en el país”. Daríamos una descripción definida.

¿Por qué tiene que hacer esto?, ¿por qué cuando decimos “ese cartel es verde” no tomamos la actitud que tomamos con “ese candidato ofrece las mejores propuestas”?, ¿por qué no tenemos que aclarar con palabras lo que entendemos por alguna de las partes de la proposición? ¿es porque el ser bueno o mejor implica alguna oscuridad siempre?

Si le decimos a alguien “aquel candidato tiene buenas propuestas” y él nos dice “no es cierto, tiene malas propuestas”, no escribiríamos simplemente las propuestas y se las mostraríamos, pues ya ambos las conocemos, más bien argumentaríamos.

Si le decimos a un daltónico, “ese cartel es verde” tal vez él nos diría “no es cierto, es gris”, ¿nos pondríamos a argumentar? ¿Seguiríamos insistiendo en que es verde? Seguramente no, seguramente hablaríamos sobre su daltonismo.

Si le dijéramos a alguien con vista normal “ese auto es azul” y él nos dijera “eso es falso, ese auto es rojo”, pensaríamos que no vemos el mismo auto, que no entendemos lo mismo por “azul” o por “rojo” o por “auto” o por “ese” o por “es” o por la oración completa, que nos está jugando una broma o que de hecho sí tiene algún problema en la vista, pero no argumentaríamos para defender que “ese auto es azul”.

Ni siquiera cabe hablar de “defender” a favor de “ese auto es azul”, tan sólo se muestra el auto y si alguien no está de acuerdo, pensamos alguna de las opciones anteriores.

En cualquiera de las posibilidades anteriores, hay las siguientes posibilidades: que haya un problema contingente como que no haya señalado bien el carro y que por lo tanto no estamos viendo el mismo auto, que hay un problema en el uso de ciertos términos, o un mero hecho social, o un hecho fisiológico. En cualquier caso, no argumentamos. Aunque, claro está, hablamos para entender qué es lo que está pasando.

El primer caso se solucionaría señalando con más precisión, el segundo señalando muchas cosas rojas y azules y autos para ponernos de acuerdo sobre cómo usamos los términos y trataríamos con oraciones parecidas para ver si entendemos el lenguaje de la misma forma, el tercero aclarando que es una broma y el cuarto con una investigación médica. En ningún caso sería propia la argumentación para resolver el problema.

Pero puedo pensar en un caso en el que uso el mismo término problemático “ser bueno” en donde no tendría que hablar. Digamos que Pedro y yo queremos ir a una fiesta en Coyoacán, pero no hemos decidido cómo llegar, él me habla de una ruta para llegar al lugar y me dice que es una buena ruta, y yo le digo “conozco una ruta que es mejor”, así que tenemos dos rutas y queremos decidir cuál es la mejor. Lo que hago, en lugar de tomarme la molestia de hablar, es abrir google maps y trazar las dos rutas; una vez que se ve claramente que mi ruta es más directa y su ruta da muchas vueltas, no hay más que decir y Pedro me da la razón.

Pedro podría decir: “en esa ruta hay más tráfico que en la mía, y tomaría más tiempo”, y si yo le creyera tendría que decir “bueno, entonces la tuya es mejor”. El criterio es el menor tiempo posible.

Pero incluso Pedro podría no decir nada, podríamos simplemente irnos en dos autos separados y cada quien tomar una ruta y el primero que llegara sería quien estuviera en lo correcto con respecto a la ruta más rápida, no habría que argumentar.

¿Decimos aquí que el término “ser bueno” o “ser mejor” es más claro y consensuado cuando hablamos de rutas para llegar a un lugar que cuando hablamos de propuestas políticas?, ¿es eso lo que hace necesaria la argumentación en el caso de la política?, ¿por qué?

Al momento de ver las propuestas en el papel no sabemos bien cómo juzgar la idea de Juan, pero al ver que Pedro llega primero que yo, nadie tendría duda sobre las rutas.

Y si alguien tuviera duda y no entendiera el experimento entre Pedro y yo, se lo explicaríamos, pero no argumentaríamos.

Si alguien nos dijera “eso no muestra que Pedro tuviera razón sobre la mejor ruta”, empezaríamos a argumentar. ¿Por qué?

En el caso del simpatizante de Juan, lo que no nos queda claro es lo que entiende por “bueno” y nos ofrece un criterio de identificación del cual sólo cuestionamos si acaso también nosotros lo relacionaríamos con “bueno”, cuando nos quede claro tal vez después necesitemos aclarar lo que entiende por “problema en un país”, y así sucesivamente, y en cada uno de estos puntos podríamos estar en desacuerdo, pero al final podrían suceder dos cosas: 1) tendríamos que llegar a proposiciones sobre las cuáles tendríamos que poder hacer señalamientos, aclaraciones o investigaciones como las que hicimos para el problema de “ese cartel es rojo” para ponernos de acuerdo, o 2) nos quedaríamos en un desacuerdo sobre la relación entre ciertas expresiones como “bueno” o “problema en un país” con las descripciones definidas propuestas y en ese caso, si no se pudiera avanzar, parecería que simplemente hablamos dos lenguajes distintos porque no usamos las mismas palabras públicas para identificar las mismas cosas.

Cuando argumentas, lo que ofreces son las condiciones de verdad de una proposición. Haces explícita la caracterización de un término cuyo uso no está bien delimitado y requiere aclaración, dices “si aceptas que p, q, r, s, entonces aceptas z (en este lenguaje)”. Lo que interesa aquí es z, la conclusión. Nos interesa argumentar para llegar a conclusiones, nos interesa decir que hay premisas aceptables que llevan a cierta conclusión de la cual nuestro interlocutor dudaba; las reglas de la lógica apoyadas de buenas premisas nos convencen.

Parece que hay palabras que refieren a distintas cosas en distintos contextos por lo que es importante aclarar las condiciones de verdad que se están suponiendo en tal o cual contexto.

Argumentar es explicitar las reglas de un lenguaje para acordar un consenso. Es decir: si aceptas que “bueno” significa esto (ofreces premisas), aceptas que el mejor candidato es tal (se sigue la conclusión, que es bueno). Pero argumentar también es señalar o mostrar algo, es utilizar ciertas reglas del lenguaje para escribir y preguntar, “¿estás de acuerdo?”

Pensemos en las matemáticas.

En las matemáticas siempre argumentamos. ¿Qué significa mostrar en matemáticas?, significa escribir o mencionar una serie de afirmaciones en el lenguaje matemático que respeten las reglas del lenguaje y la última de las afirmaciones será lo que se esté mostrando.

Si no se ha mencionado o no se ha escrito en un papel, no se ha demostrado. A veces se muestra que algo se puede mostrar y así ya no tenemos que demostrar todas las sumas de la aritmética.

Mostrar en matemáticas es mostrar el lenguaje matemático, es como abrir la mano y mostrar que hay o no hay una piedra.

No hay una demostración matemática hasta que no se ha escrito o dicho.

¿Qué podemos saber con el lenguaje, sino más sobre el lenguaje?

¿Sobre qué podríamos averiguar tan sólo argumentando?, sobre el lenguaje.

¿Cuándo argumenta un científico? Si un científico tiene una tabla de datos, es una abreviatura del tener que ir al mundo y repetir sus experimentos, y sobre eso no se argumenta, sólo tendríamos que estar presentes al realizar los experimentos y ver que efectivamente los datos son correctos. Cuando el científico afirma que, por ejemplo, estos dos cuerpos caen con la misma aceleración cuando están a la misma distancia del suelo, yo sólo tengo que estar presente al momento de ver caer esos dos cuerpos y medir la velocidad de caída y deducir lo que llamamos aceleración para estar de acuerdo y averiguar si lo que dice es cierto. Hasta ahora el científico no tendría que argumentar. Pero si me dice que los cuerpos caen porque dios está al centro de la tierra y todo objeto siempre quiere acercarse a dios, yo le pediré una explicación, ¿por qué dice que dios está al centro de la tierra?, si no puede señalarlo le preguntaré que entiende por dios y si no puede señalar nada le pediré que me explique qué significa que eso (dios) esté al centro de la tierra si no podemos verlo, que me dé otras señales.

Lo que quiero ilustrar son los casos en los que argumentamos.

¿Por qué Darwin escribió un libro y no simplemente mostró o apuntó a la evolución y nos dijo dónde encontrarla?, sea cual sea la respuesta, ¿por qué la aceptamos (la evolución)?
Darwin nos dice, si aceptas que tal y tal, puedes explicar un montón de cosas perfectamente, y además tal y tal es muy difícil de negar, porque te pide suponer muy poco.

La teoría explica cosas, pero la enuncia con palabras, no apunta a ella en el mundo, tiene que hablarla.
Si nosotros viéramos lo que Darwin vio, ¿generaríamos la misma teoría? Seguramente no sería suficiente ver lo mismo, pero seguramente podríamos haber pensado en lo mismo. ¿Cuándo es que uno acepta una teoría como la de Darwin?, ¿hacen falta argumentos?

En mi caso, aprendí sobre la teoría de Darwin en 5° de preparatoria en mi clase de biología, hubo un experimento que recuerdo particularmente: mi maestro puso muchos cuadros blancos y negros de papel de 3cm x 3 cm sobre una cartulina grande, habían tantos cuadros negros como blancos y la mitad de la cartulina era negra y la otra mitad era blanca; pidió a varios compañeros que se pusieran frente a la cartulina y que a la señal tomaran tantos cuadros como pudieran de uno sólo de los dos lados de la cartulina en 2 segundos. El resultado fue que, cuando tomaron cuadros del lado negro, “sobrevivían” los cuadros negros y viceversa.

Pero uno podría simplemente pensar en las polillas blancas y negras, antes del siglo XIX había más polillas blancas y los árboles donde se posaban eran más blancos, después de la revolución industrial se redujo la población de polillas negras y los árboles donde se posaban empezaron a oscurecerse por el hollín de las fábricas. Ahora bien, ¿esto muestra que hay evolución por selección natural? Si uno viera incluso el fenómeno de las aves encontrando fácilmente polillas negras sobre árboles blancos y después encontrando fácilmente polillas blancas sobre árboles oscuros, ¿estaría uno viendo la evolución o se necesitaría un argumento para aceptar la evolución?

Naturalmente uno nunca diría que ve cómo surgieron todas las especies del planeta a lo largo del tiempo, uno puede entender el caso de las polillas y suponer que sucedió algo análogo para cada ser vivo del planeta.

Me parece que uno podría llegar a una teoría parecida a la de Darwin sin necesidad de argumentación, tal vez tan sólo sería necesario ser guiado a través de ciertas preguntas u observar fenómenos muy específicos como los que puede notar uno viajando por las islas Galápagos.

Darwin tan sólo tendría que decirnos lo que vio y lo que supone, no tendría que hacer más que explicarnos la historia psicológica de su suposición y nosotros esperaríamos sentirnos tentados a sostener la misma suposición por su poder explicativo, etc. ¿Pero sería necesario para el científico argumentar estrictamente?

Quiero decir, yo puedo contarle a alguien que no conoce la teoría de Darwin sobre el fenómeno de las polillas y luego decirle “a lo mejor así sucedió para cada ser vivo del planeta, piénsalo, uno podría explicar muchísimo sobre los seres vivos suponiendo que así funciona” y tal vez podría dar ejemplos convincentes.

¿Pero estaría argumentando? Me parece que no.

16062012

Hay algo extraño en las investigaciones filosóficas.

Intentamos averiguar qué es tal o cual cosa; el lenguaje, el conocimiento, la ciencia, una teoría, una explicación, una definición, una regla, etc.

Tomemos, por ejemplo, las constantes lógicas.

¿Qué son las constantes lógicas?

Son tal y tal y tal.

Pero tengo un contrajemplo; tal y tal y tal no es una buena definición, porque permite clasificar como constantes lógicas a cosas como los paréntesis, siendo que normalmente no diríamos que los paréntesis son constantes lógicas.

Bueno, pero aún cuando normalmente no los llamamos así, ¿por qué no empezamos a hacerlo? For the sake of la definición.

Pues porque intuitivamente sabemos que eso no es una constante lógica. Así que abandonamos la intuición o abandonamos la propuesta de que las constantes lógicas son tal y tal y tal.

Mi punto es que si uno sabe por qué algo es un contra-ejemplo para una definición, ¿por qué molestarse con dar una definición? Saber que algo es un contra-ejemplo de una definición es saber por qué el hecho de que tal cosa cumpla con tal definición no es aceptable. Bueno, si ya pudiste dar un contra-ejemplo, ya sabes qué tipo de cosa no es aceptable que entre en la definición, y si ese contra-ejemplo se basa en defender una intuición básica que no estás dispuesto a abandonar, ¿para qué, entonces, requieres aclarar o poner en palabras lo que es, en este caso, una constante lógica si de todos modos no hay que responder a nada más que a intuiciones básicas?

¿Cómo es que hacemos estas investigaciones sentados en nuestros escritorios?

¿No es perfectamente normal pensar que intentar designar el conjunto de cosas que designa alguna palabra-concepto con otras palabras sea sumamente complicado?

¿Por qué creemos que necesitamos una definición para entender lo que es cualquier cosa?

No sé definir con exactitud todas las palabras que uso, pero sé usarlas.

No sé definir qué es una constante lógica, pero tengo una guía porque estoy empezando a definir y si tengo cómo empezar a definir sé lo que quiero definir, si sé lo que quiero definir, ¿para qué lo defino?


¿Hay avance al intentar definir? Tal vez.