sábado, 20 de junio de 2015

Formas de vida

¿Cuál es la mejor forma de vida para quien se dedica a leer y escribir filosofía o literatura?

Si uno es estudiante de filosofía o de letras ya debería haberse hecho la pregunta. Pero normalmente no es así, al contrario, esa pregunta se rechaza y se pasa por alto como una cuestión de índole pragmática, totalmente confinada al mundo de la persona práctica y superficial que busca con cumplir unos fines arbitrariamente establecidos, heredados culturalmente acríticamente, no reflexionados. Es una pregunta estúpida, pues, porque no hay formas de vida mejores ni peores que otras. 

Puesto así, sin más, es cierto: no hay formas de vida que sean absolutamente mejores o peores, sólo podemos hablar de que algo es mejor o peor de acuerdo con ciertas metas. Pero justamente sobre eso queríamos hablar, sobre la mejor manera de alcanzar las metas de quienes se dedican a leer y escribir filosofía o literatura, no hablábamos de formas de vida buenas en absoluta, y claro que hay caminos mejores que otros para dedicarse a escribir. Así que la pregunta cabe.

¿Cuáles son esas metas? Habrán muchas que varíen de acuerdo con la persona de la que estemos hablando, pero la sola pregunta nos señala que hablamos de personas que pretenden dedicarse a leer y escribir, no serán para ellas meros pasatiempos, sino que han de ocupar buena parte de su esfuerzo vital -tiempo, concentración- en leer y escribir.

Es claro que quien se dedica a curar personas dedica unas horas al día en el hospital, en un consultorio, etc. y así logra dedicarse a la salud como forma de vida. Hay un orden, una hora de entrada, de salida, hay pacientes, proyectos, jefes, compañeros de trabajo, etc. ¿Qué pasa con los que quieren escribir? Ahí entra la herencia cultural aceptada sin crítica alguna de por medio: un cliché muy socorrido es el del escritor solitario que dedica las mejores horas de la noche a leer  y a escribir en una habitación a oscuras llena de humo, libros y tazas de café, y que durante el día duerme o vaga miserablemente por la ciudad encontrándose con todo tipo de personajes y situaciones que incluirá seguramente en su obra, buscando libros en librerías de viejo, visitando cafeterías y viejos amigos, lamentándose de innumerables cosas.

En realidad no suele ser así. Normalmente uno tiene proyectos, jefes (asesores), compañeros de trabajo, horarios, etc., y en estos casos no funciona imaginarse que uno dispone del día para vagar por la ciudad y que requiere momentos de inspiración nocturna para destilar genialidades. Parece que uno necesita más bien orden para terminar proyectos y dar cuenta del propio trabajo a sus asesores, requiere llevarse bien con sus compañeros, cumplir horarios, atender a quienes solicitan un trabajo especial que uno puede hacer, etc.

Parece, pues, que quienes quieren dedicarse a leer y escribir se piensan con un deber de libertad creativa fundamentalmente peleado con la idea de orden y planificación. Como esa paloma de la que hablaba Kant, que podía pensar que sin la resistencia del aire volaría mucho mejor, cuando resulta que sería imposible volar sin resistencia.


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