No hace mucho en una comida familiar se lanzó un par de preguntas: ¿Por qué cosas estás agradecido? ¿Crees merecer esas cosas? Me pareció una idea muy extraña preguntar si uno merecía las cosas por las que uno se siente agradecido, pero revela una concepción de la vida muy interesante que quizá esté implícita en muchos de nuestros actos y pensamientos, y creo que además puede ser un tanto dañina.
¿Qué queremos decir cuando decimos que alguien merece algo? Básicamente, que sus actos deberían ser premiados o castigados. Es decir, que independientemente de las consecuencias que ya tiene una acción, si lleva además una carga ética (es buena o mala), alguien debería premiarla si fue una buena acción o castigarla si fue mala. El premio sería algo placentero o bueno y el castigo algo desagradable o malo. Aquí usamos todos estos conceptos éticos de gran peso (bueno y malo) sin darles mucha seriedad.
Esta concepción de sentido común del merecer supone entonces algún criterio para distinguir entre lo bueno y lo malo, pues son solamente los actos buenos y malos los que merecerán premio o castigo. Ahora bien, lo que me parece enigmático es cómo se conecta esto con las cosas por las que uno está agradecido.
Uno puede estar agradecido por un sinfín de cosas, pero siempre agradecemos por las cosas que en última instancia nos dan un sentimiento de bienestar, placer, o cualquier sensación agradable, o que consideramos en algún sentido buenas o positivas. Además, normalmente sentimos más agradecimiento por aquellas cosas que no son producto directo de nuestras acciones, sino que son algo así como regalos del destino. Por ejemplo, haber tenido padres bondadosos, ya que uno no elige a sus padres. O crecer en un país pacífico, que tampoco depende de nuestra voluntad. O tener dos manos y dos ojos, etc. Pero incluso cuando agradecemos por aquellas cosas que sí dependen en buena medida de nuestros actos, tomamos una perspectiva más amplia, como dando un paso atrás y viendo el azaroso y arbitrario cúmulo de eventos que nos llevaron ahí. Por ejemplo, yo estoy agradecido por tener al perro que tengo, pero aunque yo elegí adoptarlo de la calle, no elegí encontrármelo ni elegí que tuviera el noble carácter que tiene, ni elegí que estuviera educado para no orinarse en la casa. Incluso podría decir que estoy agradecido por haber elegido adoptarlo, pero lo digo desde esa perspectiva amplia en la que me veo a mí mismo tomando una decisión que podría no haber tomado. Ahí está ese ingrediente de azar o destino, como prefiera verse.
Ahora puedo decir más precisamente por qué me parece tan extraña la idea de pensar que uno pueda merecer o no las cosas por las que uno está agradecido. Si bien uno está agradecido sólo por cosas que considera buenas, eso no significa que todo lo bueno es un premio. Un premio es algo que alguien nos da adicionalmente a las consecuencias que ya tienen nuestros actos. Es un plus.Uno está agradecido por cosas que considera buenas, pero eso no significa que alguien se haya tomado la molestia de ver y juzgar nuestras acciones para luego premiarnos con algo que representa un plus a las consecuencias de nuestros actos.
Ante estas ideas me brincan dos preguntas: ¿Quién podría tener la última palabra sobre la bondad o la maldad de nuestros actos como para además tener la autoridad de premiarnos o castigarnos por ellas? Decíamos que un premio o un castigo es algo que alguien nos da como un plus a las consecuencias de nuestros actos, ¿cómo puede algo ser un premio o un castigo si es producto del azar o consecuencia directa de nuestros actos? Si viene del azar, entonces no es un premio ni un castigo porque nadie está decidiendo que eso ocurra en nuestras vidas al juzgar alguno de nuestros actos; si es consecuencia directa de nuestros actos, ya no es un premio ni un castigo porque estos sólo vienen como un plus a las consecuencias directas de nuestros actos.
Me parece que todo esto se trata de la idea de los padres entrenando a su hijo para reforzar en él ciertas acciones y evitar que realice ciertas acciones. Quizás uno se queda con esta estructura mental y piensa que hay alguien vigilando sus acciones y juzgando si merecen premio o castigo, y entonces uno piensa que lo bueno en su vida es un premio y lo malo un castigo. Pensando en una metáfora de Quine, a mí me parece que nuestra vida es más bien como un tejido gris que se figura compuesto por hilos negros de azar e hilos blancos de consecuencias de nuestros actos, en el que de todos modos, cuando lo examinamos de cerca, nunca llegamos a encontrar algún hilo del todo blanco o negro. En este tejido no hay cabida para algo así como premios y castigos del destino, de dios o de Miss Lupita.
La idea de esas preguntas, según nos contaba esta persona, es medir la autoestima de las personas. Si uno piensa que no merece esas cosas positivas que agradece, hay mala autoestima; si uno piensa que sí las merece, quizá haya una idea inflada de uno mismo. Pero a mi parecer no tiene sentido pensar que uno merece o no merece esas cosas, porque eso significaría que hay alguien con la autoridad de juzgar la bondad o maldad de nuestras acciones y que además se toma la molestia de mandarnos premios y castigos por ellas, y eso me parece un cuento de hadas que además exacerba la neurosis y la paranoia.
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